La tasa de desempleo en personas autistas se estima superior al 70%, y , según el Observatorio sobre Discapacidad y Mercado de Trabajo (Odismet), solo del 17,5% al 19,2% de las personas con discapacidad terminan estudios superiores.
Este es un tema que apoya con frecuencia la asesora familiar Bea Calvete, quien afirma: “las familias de personas neurodiversas viven la paradoja dolorosa de que se les exija construir proyectos de vida plenos para sus hijos e hijas con ausencia casi total de apoyos sociales, educativos y laborales. Detrás de la formación de cada uno de esos hijos o hijas, o de cada intento de incorporación laboral hay años de esfuerzo invisible, desgaste emocional e incertidumbre.
“La mayoría de estas familias se convierten en creadoras y coordinadoras de recursos inexistentes. Buscando especialistas, negociando adaptaciones educativas, enfrentando listas de espera y asumiendo costes económicos y emocionales insostenibles. Pero el peso no recae únicamente en las familias. Las propias personas neurodiversas crecen percibiendo frecuentemente que no encajan. Este sentimiento de ser “demasiado diferentes” o constantemente evaluadas genera ansiedad y, en muchos casos, baja autoestima. Porque el sistema educativo o laboral traslada el devastador mensaje: “debes adaptarte tú, porque la sociedad no va a hacerlo”.
Lo peor es que otra realidad es posible. Hay modelos educativos inclusivos y programas de empleo con apoyo que han conseguido transformar las vidas de personas. Empresas que cuentan con personas neurodivergentes descubren rápidamente capacidades valiosas en áreas como el análisis, la creatividad, la atención al detalle o la resolución de problemas por ejemplo. El reto no debería ser cambiar a las personas, sino adaptar los contextos para que diferentes talentos puedan desarrollarse para el beneficio de las personas y el sistema.
Experiencias de entidades como Autismo España, Plena inclusión o proyectos internacionales como Specialisterne demuestran que la inclusión laboral no es concesión, sino un derecho y una oportunidad social y económica.
Pero esa transición del aula al empleo necesita cambios. La inclusión educativa debe dejar de ser teoría, siendo imprescindible reforzar la orientación vocacional, crear itinerarios flexibles, garantizar apoyos durante la transición a la vida adulta y promover políticas reales de empleo inclusivo. También formar a docentes, empresas y administraciones en neurodiversidad desde las capacidades y derechos.
Dejemos de preguntar si las personas neurodiversas pueden aportar talento.
Preguntémonos cuánto talento estamos perdiendo como sociedad por no construir entornos capaces de reconocerlo, y cuantas personas sufren en el camino por no sentirse excluidas, por sentir a sus hijos e hijas sin futuro.
La verdadera inclusión, afirma Bea Calvete, comienza cuando las familias dejan de sobrevivir solas y las personas neurodiversas dejan de sentir que su futuro depende únicamente de su capacidad para encajar en un mundo de exclusión.


